lunes, 6 de abril de 2009

OKUPA UTOPÍA

(Fragmento del fragmento de un proyecto en proceso)




- No quiero pagar esta copa. No voy a pagar esta copa.
Da un trago.
- Y está bien cargada.
Observa al público.
- A mí, si me preguntan cuánto pagaría por esta copa, diría: Nada en absoluto. Es más, lo digo: nada en absoluto. Porque es la primera vez que me preguntan algo así. Yo siempre he hecho lo que me han dicho. ¡Cásate! Me caso. ¡Busca un trabajo! Lo busco. Y ahora que he perdido lo que conseguí, estoy jodido. Así que, por una vez que me preguntan cuánto pagaría por una copa, yo respondo: Nada. Porque hago lo que quiero yo solo. Porque quiero yo solo.
Acaba su copa sin respirar.
- Esas cosas no se preguntan.
Hace una reverencia.
Alguien se puso de pié, empezó a aplaudir e introdujo unos cuantos euros en la caja roja. Carcajada general.
El personaje que estaba sobre el escenario dio un par de pasos hacia la derecha y miró al suelo. La altura del escalón menos el radio del semicírculo por el que se paseaban sus ojos… qué más daba. La pierna izquierda calculó bien el esfuerzo, la derecha pareció no encontrar la rodilla y no saber por dónde doblarse. Casi se ríe de él. Desde su posición hasta la salida el camino no era recto aunque todo lo indicase así. Su cerebro alcoholizado le guiaba por una onda hacia un lado, una onda hacia el otro, como una serpiente en una cuna. Quiso haber sido de goma para hacer el camino más rápido. Quizás si hubiese bebido un poco más…


Caminaba un hombre por la calle con los pensamientos en alguna guerra y el piloto automático del cuerpo activado.
- Oye, amigo, aquí dentro dan bebida gratis.
El hombre miró al borracho, sucio, mayor, con la piel curtida y sin arrugas de los trabajadores de pico y sol, dos rodales de sudor en las axilas y un vaso vacío de cristal en la mano.
“Utopía”, rezaba el cartel.
El borracho se alejó por la acera, lentamente. Pareció mudar de piel cuando el neón azul de Utopía dejó de iluminarle y lo hicieron las farolas con su amarillo triste de ciudad. El hombre se hizo sombra con las pestañas y se acercó a la puerta del bar.


OKUPA UTOPÍA


I.
Entré en aquel lugar porque un acto tan hipócrita como llamar Utopía a un bar de copas me despertaba el mismo sentimiento que el resto de mi vida: repugnancia. Ya sabes, lo hice por no tener que cambiar de estado de ánimo, por no romper el equilibrio de frustraciones.
Esa noche había decidido estar enfadado pasase lo que pasase. Quería emborracharme hasta vomitar y al día siguiente tener una resaca horrorosa que me atara a la cama. Hacía un frió que quemaba los huesos, llevaba media hora deambulando solo y me detuve por el asco que me dio el viejo borracho. Era muy importante no romper la cadena de angustia.
Escogí bien el sitio. Estaba lleno de gente rara, había una silla libre de milagro. Todos miraban absortos una función de las que te enganchan con imágenes que no quieren decir nada. La representaban cinco payasos jugando con fuego. Payasos en el sentido de que parecían idiotas. Esperé un cuarto de hora mirando aquella bazofia. Nadie salía a servirme. Me ví obligado a abrir la boca, tuve que preguntarle a un tipo dónde estaban los camareros.
- Sírvete tú mismo.
Y señaló una estantería llena de botellas que cubría la pared del fondo. La parte de abajo estaba refrigerada, y la de arriba era para el alcohol de calidad. No había barra. Perfecto. Perfecto de verdad. Yo odio el moderno autoservicio, así que me acerqué allí sin cambiar de expresión, con el cabreo perfectamente acomodado en los labios. Qué poético.
“Un tubo de güisqui, solo, sin hielo”- Me dije a mí mismo.
- ¿Cuánto es?
El tipo de antes se había acercado rápido.
- No, respondí, es para mí.
El tipo se rió en mi cara:
- Ya lo se, me refiero a cuánto vas a pagar por él.
Yo creí que el tipo ahora se reía de mí directamente.
- Cuánto vale.
Fue casi una sentencia, tajante. El tipo le pegó una patada a su sonrisa amable y me “informó” de que tenía que dejar el dinero que creyese conveniente en la caja roja con una ranura. Se dio la vuelta y se fue.
Entonces comprendí la invitación del viejo borracho, y me sentó fatal. Beber alcohol gratis es destruirse sólo el cuerpo, pero no la cartera. Quería pagar diez euros por mi cubata. O doce. Es lo máximo que me han cobrado en un bar, doce, así que decidí meter esa cantidad por la ranura y seguir viéndome como un estúpido, como un hombre de treinta y siete años que se comporta como un adolescente irascible y desequilibrado.
Dividí el cubata en tres tragos, con un cigarro en cada intervalo y dos al final. La última calada la di al tiempo que sacaba quince euros para la segunda copa.
La función se terminó y empezó a crecer el murmullo de las conversaciones. No era todo lo molesto que hubiera deseado, la gente se comportaba en exceso, natural y cómoda. Pensé acabarme la segunda copa y marcharme de allí. Mejor dos copas. Dos tragos. Treinta y cinco euros.
Abrí una puerta por la que deduje que llegaría al cuarto de baño, pero me encontré en un recinto de metro y medio cuadrado con una chica que salía de otra puerta frente a la mía.
- Lo siento. Dije.
Ya no pensaba irme. Me di media vuelta para buscar el servicio, pero después me sentaría en mi mesa (si es que aún estaba libre) a seguir barajando la idea absurda de violar a aquella chica. En realidad me costaba imaginarme haciendo algo así, pero era la escena que quedaba bien con mis ánimos. Sólo me había dado tiempo a verle la cara, y en particular los ojos, que eran tan verdes, tan grandes y redondos, que me habría encantado estamparla contra la pared.
Mi silla estaba ocupada, así que me quedé de pié apoyado en una columna. Aún faltaban algunos tragos para que mi equilibrio me impidiera algo así. Todavía mandaba yo. Otro trago, por favor.
Esperé durante veinte minutos encontrármela de nuevo, escudriñando cada rostro durante más segundos de los que marcaba la discreción. Cuando estaba a punto de empezar a aburrirme, me acerqué al tipo de antes, que ya sabía que no iba a ser amable, y le pregunté por la chica de ojos verdes. Esta vez, sin ninguna duda, se rió de mí a carcajada limpia.
- Ya nadie sabe cuándo puede aparecer Ruth. Se retiró.
- ¿Es puta?
- No. Es… camarera.
- ¿Entonces de qué se retiró?
- Ella puso esto en funcionamiento.
No iba a deducir de aquello que la tal Ruth fuese inteligente, pero algo de carácter debía tener para abrir un local así. Entonces quizás me acostaría con ella un par de veces o tres.
Era obvio que aquel tipo la admiraba, así que se me ocurrió hacer el mejor comentario para irritarle:
- Me habría gustado violarla.
Utopía, vaya tontería de sitio. Es como cuando describes un color a un ciego y sonríe como si lo viera. Así reaccionaban ante el bar.
Cuando estaba sirviéndome de nuevo, el tipo se acercó a coger una botella de agua.
- ¿Estás contento con tu personaje de esta noche?
Empezaba a cansarme. No contesté, por supuesto. Continué echando el güisqui sobre hielos que chascaban por el contraste de temperatura. El tipo insistió:
- Puedo contarte una historia muy buena para enmarcar a tu personaje. Quizás te venga bien saber algo más de Ruth.
Le miré menos que de reojo al tiempo que colocaba la botella en su sitio con un movimiento seco. Le dediqué mi dedo corazón como si del mismo órgano se tratase y, ensangrentado, pudiera arrojárselo a la cara. Este gesto en sus orígenes servía para bloquear un mal de ojo. Aquel tipo me daba ya peor espina que eso.
A partir de entonces el reloj avanzó rápido y los hechos muy despacio. Seguí bebiendo. Quise esperar a Ruth hasta el cierre si hacía falta, pero allí nadie sentía respeto por la mirada de un antisocial nocturno.
Había una ninfa, una chica delgada, no muy alta, con la nariz fina y los ojos rasgados, que parecía tener ganas de pelea, y si te fijabas un poco mejor, sabías que era de las que te regalan la victoria arrodilladas, de esas que te especifican el “poséeme”. No tuve que sonreírle para acabar con ella en el baño. Ella violó la distancia de seguridad. Se dejó estirar del pelo, azotar en el trasero, se dejó hacer todo lo que, a cámara lenta, se me iba ocurriendo. Ella disfrutaba todo el tiempo, largísimo, que se iba condensando en el cuarto de baño, pero llegó un momento en que dar placer a la ninfa solo me suponía un esfuerzo por mantener el equilibrio.
Paré, porque me apeteció.
- ¿Qué haces? Dijo ella, turbada y jadeando todavía.
Me habría gustado contestarle, pero no pude. Tenía la sien apoyada en la pared y todo mi cuerpo parecía depender de ella.
Su cara de indignación, su par de insultos, su salida triunfal, como una reina ofendida, me dieron igual, porque yo lo que tenía era sueño.
Mi orgullo era lo menos importante porque aquella noche había salido de casa sin él. No me sentía mal conmigo mismo en absoluto, continuaba del mismo humor, oscuro y agresivo, que al principio.
Me abracé a este pensamiento para dormirme en la taza del váter, con los brazos cruzados bloqueando el pecho y los labios antipáticos.

II.
Cuando descubres a un desconocido durmiendo en el baño, no le pones la mano en la cara para despertarle. Como mucho, le coges del hombro y le zarandeas un poco.
Yo a mí mismo me habría dado un par de patadas, pero ella me puso la mano en la cara. Casi le contesto con un puñetazo. Le salvó el segundo de rigor que necesitaba para averiguar dónde me había dormido. Era Ruth, la chica de los ojos, no la ninfa. Esa me habría meado encima.
La situación para mí fue como otro encontronazo con ella en un sitio igual de pequeño que el anterior, así que la respuesta fue tan rápida como el “levántate y anda”. Me disculpé y salí del baño.
Maldita sea, se me había quedado toda la sangre dormida en los pies, espesa y amarga por la resaca, así que tuve que decelerar un poco por el mareo, una especie de bajón de tensión.
Allí no quedaba nadie. Solo ella y yo. No, no estaba para violarla ahora.
- ¿Necesitas un café?
Debió verme blanco como la pared y arrugado como mi ropa, como mis párpados y ojeras, como mi pelo y como mi rabo. Indefenso. Capullo. Me dije a mí mismo. Vale. Le dije a ella.

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