viernes, 15 de abril de 2011

LA NEGRA

Rosario, estudiante de Relaciones Laborales por el nuevo plan de estudios esclavista, actriz, de ascendencia peruana, intelectual con hiperactividad crónica, dependiente de la marihuana para llevar un ritmo de vida socialmente aceptable. La llaman “La Negra”, y es la única adolescente que se atreve a lucir un afro al natural en La Ciudad del Estilo, mientras te habla entre jerga y tecnicismos de los orígenes de la Globalización. Rosario, con su nombre de bolero y el funky en los andares, decidió desarrollar su poder adquisitivo en vistas de que su madre, ex profesora de Filosofía en una Universidad de Perú, ferviente cristiana, estaba al borde de una depresión tras haber agotado su histeria, porque se veía obligada a convivir, por necesidades económicas, con un hombre del que ya no estaba enamorada, padre de su hija y único motivo de que abandonase su Perú, su anhelado Perú, al que no volvería mientras Rosario no se casara. Rosi no pretendía casarse, sino ahorrar para salir de aquella casa, dejar de dormir en la cama de matrimonio que sus padres habían abandonado, repartiéndose a voces las habitaciones individuales; y que su madre volviese a su tierra, si sólo allí es feliz; y que su padre dejase de hacer caso a una familia que nunca aceptó a su mujer.

Las vibraciones del maltrato psicológico iban descendiendo en escala por aquella familia hasta hacer vibrar las puntas de su pelo de negra, que sirvió de colchón y le salvó el cerebro.

Rosi necesitaba un trabajo. Era verano. Conocía las nociones básicas de los derechos del trabajador, la terminología de un contrato, etc, pero sin embargo decidió presentarse por desesperación a un puesto de comercial. La entrevista se la hizo un tiburón de manual para empresarios triunfadores, y la seleccionaron por el vestuario que había pedido prestado a su madre y por haber trabajado como actriz, rodeado tres veces con un rotulador rojo.

El primer día tuvo que ir, de prueba, horas no remuneradas, al último barrio de Torrente, acompañada de un maromo entrajetado que cobraba 100 euros los 20 minutos de trabajo, y no iba a perderlos llevando a Rosi en coche al metro después de trabajar. Iban a ofrecer, insistir, persuadir, intimidar... en fin, a intentar vender algún paquete de telefonía más televisión de alguna multinacional de tendencia utópica, pues creía que la Sociedad del Bienestar entra en hogares que no tienen ni manivela para cerrar la puerta de entrada, y no por confianza en la Ciudadanía. Rosario y el jambo de bien ver caminaban frente a unos niños sentados en un portal:

- ¡Que te va entrar la payola! ¿Ande vai así vestíos?

- A trabajar – dijo el maromo.

- ¿Aquí nel bloque?

- Sí...

- ¡Uy, pues justo!

Y el niño, que hasta ahora mantenía la postura más sensata, se equivocaba también, igual que la multinacional: El maromo, de puerta en puerta, consiguió entretener a la clientela con un cambio de objetivo. A los pobres nacionales les hablaba de hachís y cocaína, y la los internacionales de producto de contrabando como el caparazón de tortuga cubano que sirve para hacer abanicos, con un precio de 15 euros allí y más de 300 por internet aquí. El jambo explicó a Rosi que ser comercial le daba para comida pero no para el traje. Rosi agradeció sinceramente su compañía porque de no ser por él habría salido violada de la zona, y rezó por que no le pasara nada en los 40 minutos de camino que le separaban del metro y de su dulce cama de matrimonio. El miedo no le dejó ni censurar al jambo ni a nadie más que al tiburón, que aún así le daba lástima por encima de todo, porque era una bestiecilla más de una larga cadena alimenticia que poco tenía que ver con la bucólica de El Rey León.

Rosario no volvió más que a sus bambas anchas, a preocuparse por su madre y aportar con el sentimiento, porque en lo que quedó de verano sólo pudo volver a trabajar algún fin de semana en la pizzería en la que se inspiró Tolkien cuando describió la Tierra de Mordor, por unos 3 euros la hora los días buenos.

La Negra sigue inmersa en su marco principal de épica y romancero, con sus canciones secundarias de miseria, pero como nunca pierde la sonrisa bonita ni el flow, el Gobierno la ha seleccionado para ser la imagen de una nueva campaña publicitaria.

La Negra lleva al cuello un colgante que dice Aurea, su segundo nombre, o el real, o a saber, pero suena bonito. Suena entre cercanos, porque las vibraciones de la buena intención no ascienden en la escala ni por sí solas ni rápido.

Por lo demás, vuelve la América’s cup, es decir, nada nuevo para el Resto.

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